Los grandes mercados emergentes se hacen un hueco en la aristocracia mundial

Mind the gap. El célebre mensaje que se escucha en el tube londinense y que alerta del escalón que separan los vagones del andén del metropolitano de la capital británica ilustra a la perfección la brecha, cada vez más suturada, que existe entre las potencias industrializadas y los más poderosos mercados emergentes del planeta. Cuidado con la distancia. Porque el decoupling o desprendimiento en los ritmos de crecimiento entre ambos mundos económicos no sólo ha sido uno de los grandes fenómenos del inicio de la crisis financiera global, sino que se ha acentuado en 2010, y amenaza con perpetuarse en el futuro irremediablemente. Tanto en la esfera económica, como financiera y, por ende, en el tablero geoestratégico mundial.

El análisis del decoupling -nunca visto en la historia económica reciente, cuyos ciclos de negocios oscilaban al son de Estados Unidos, esencialmente, y de Europa o Japón, en menor medida- sigue en las mesas de debate de las altas finanzas internacionales. Aunque, quizás, la conclusión más aceptada sea la que ha sintetizado un Premio Nóbel como Joseph Stiglitz, para quien “el mundo ya se ha desacoplado, en parte, de forma definitiva” por los tres años de “bajo nivel de crecimiento” de los países avanzados -en los que Estados Unidos se ha enfrentado a su mayor recesión en siete décadas-, frente a las “altas tasas” de dinamismo de las economías en desarrollo, especialmente, los conocidos como BRIC (Brasil, Rusia, India y China), término acuñado por Jim O’Neill, economista jefe de Goldman Sachs en 2001. Los botones de muestra son elocuentes. Más

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